Una brisa veraniega se colaba por el mosquitero. El zumbido del aire atravesando la cuadrícula metálica se mezclaba con los gemidos exagerados de la intrusa que el vecino músico del séptimo be había metido en su hogar esa noche. La paz reinaba fuera en esa madrugada de enero en Buenos Aires, cuando las luces se extinguen, los departamentos se vacían, los pequeños mercados chinos cuelgan sus carteles de "selado por bacasiones" (sic) y la armonía solo se ve perturbada por algún auto cruzando la Avenida Independencia desaforadamente, con una prisa innecesaria, como si fuera partícipe de una persecución imaginaria contra los rascacielos del bajo; la meta parecería ser escapar de la cárcel de adobe hacia las playas del atlántico. La Luna furiosa bañaba de plateado los edificios del microcentro porteño cuyas siluetas recortaban el horizonte. Solo el aleteo de los murciélagos metiéndose por el taparrollos de la ventana de tanto en tanto distraía mi mirada cristalizada y perdida en ese serrucho de luz y sombras. Acechándome, sentía su mirada ardiendo sobre mi nuca. El tampoco podía dormir.
De repente, un dedo temeroso comenzó a contornear el tatuaje de mi homóplato. "¿Estás despierto?", preguntó en la oscuridad con cierto remordimiento. No contesté. "¿Estás despierto?", insistió, "te amo".
Su dedo se movió de mi hombro a mi media espalda y ejerció una malévola presión sobre el hematoma que me había producido horas atrás su golpe seco con la sartén de teflón. La yema de su dedo acusador sobre la sangre coagulada me provocaba un dolor insoportable pero me limité a emitir un gemido y retorcerme levemente.
Resopló sobre mi nuca y se dió vuelta bruscamente en la cama. Al poco tiempo se quedó dormido.
Sus ronquidos rompían insoportablemente la armónica de la sinfonía de la noche. Ya no tenía que simular estar dormido así que me permití sollozar un rato. Me incorporé y por primera vez en mucho tiempo retomé mis hábitos y me puse a meditar y a rezar: pedí poder dormir por siempre. Eso no pasó pero al menos el sueño me arrebató de todo sentido por un par de horas y al despertar ya no estaba a mi lado, se había ido vaya uno a saber dónde. Tomé mis cosas y escapé en un taxi de mi propia cárcel de adobe.
domingo, julio 29, 2012
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