martes, agosto 30, 2011

Mutis

Cuantas haches puedo contar...
en nuestras conversaciones de domingo por la noche en la camioneta volviendo del cine. Es, justamente, lo no dicho lo que me emociona, me mantiene expectante y me hace mantener las esperanzas conjuntas, claro signo de crecimiento mutuo luego de que fueran esas mismas haches incautas las que nos pusieron a prueba ayer.
Hoy es agua. El ayer se hizo cenizas, ya esparcidas y sedimentadas. Puyehue caprichoso de pasión el nuestro...
4 AM de un sábado sonámbulo. Entre sueños te escucho: "¿estás despierto?". Mi inconsciente te contesta guturalmente. Me llega en un susurro una declaración de amor que no me detengo a procesar y me precipita a un "Yo también" que brota desde el inconsciente traicionero a la razón, ése que no conoce de filtros ni muros.
¿Estaba despierto? ¿Estaba soñando? ¿Cómo explicarte que estuve sedado los últimos tres años de mi vida, y aún así viviendo al límite, y que recién ahora veo con claridad la verdad de la milanga? Ni hablar de hacerte saber que nunca fui feliz, ni sincero, ni siquiera era, ni fui, porque básicamente nunca sentí más allá de lo vegetativo. Quiero que esta versión de mi yo iluminado, el que vio la verdad, la conoció, la procesó y ahora sabe y habla desde el conocimiento te merezca. Quiero que me digas que todo va a ponerse feo pero que de todas maneras vas a estar conmigo porque somos el uno para el otro e inexorablemente todo va a mejorar, porque todo es posible para un hombre que es amado. Porque lo único que duele al espíritu es lo que no se puede tocar, más allá de lo que vomito. Y lo único que duele es el espíritu. Y lo único que importa es el dolor.
Hoy puedo despegarme de los personajes: el tipo frío y calculador, la perra psicótica que te hace la vida imposible, la virgen santísima, el amante desenfrenado, el amigo racional pero copado, el periodista del alma. Puedo serlo todo y no ser nada a la vez, absurdo como solo yo (ahora) me conozco y como vos me amas.


Mi celular me despierta, me estás esperando en la esquina. Dentro de la camioneta gris, vislumbro tu imponente figura, observándome. Quiero responder con un "sí, quiero" a la pregunta que flota entre tantas haches, pero quiero que leas el aire después de la coma y que te des cuenta de que grito "tengo miedo".