Una sola vez tomé un taxi en New York City. Iba de La Guardia a JFK para conectar con un vuelo de retorno a Buenos Aires.
Regresaba por solo una semana. Pese a todos mis intentos, mi familia desistió de ir a visitarme, por lo que tuve que tomar el vuelo de visita complementario pago por la compañía.
Lloré los veinticinco minutos que duró el trayecto por autopista. El conductor solo atinó a decirme "hey, cheer up! This is New York, anything could happen here". De haber sabido sobre todo ese desastre, caos y devastación que me esperaban en casa, y lo que había dejado atrás en Chicago, me hubiera cacheteado y brindado un sermón iluminador a lo conductor de Yellow Cab Co. de película hollywoodense.
Aquel escape de emergencia guardaba para mí una lección sobre fortaleza y ausencias que jamás olvidaría en mi vida.
