A veces me pregunto adónde vuelan los pájaros. O adónde irá la gente tan apurada. Quisiera comprender dónde termina el río y empieza el mar. Y por qué su amor por mí nunca pareciera extinguirse.
Siempre recuerdo cuando tenía seis años y visité Madrid con mis padres por primera vez. Una cajera de un local de comidas rápidas me regaló un globo con helio color amarillo y rojo. Al salir a la calle, sentí la mirada de los transeúntes en mí, pretendiendo aquello que era mío, que yo me había ganado por mi simpatía, por mi inocencia, por ser diferente. La presión era tan grande que solté el globo, lo dejé volar y lo seguí con mis ojitos hasta que desapareció en el infinito. Este es el único recuerdo que tengo de aquel viaje. Paradójicamente, esta situación se repetiría hartas veces durante mi adolescencia y juventud.
Es que cuando algo parece demasiado bueno para ser real, tengo que dejarlo ir; es ese mecanismo de autodestrucción que se me dispara cada vez que siento pax romana porque, como solían decirme al mezquinarme afecto, "no me lo merezco". Aunque nunca entendí bien quién decretó qué merezco y qué no.
Lo cierto es que sobre los mandatos prestablecidos debo armar mi muro de contención y abrirme a sentir su cariño. No es fácil, pero debo empezar a dejar de preguntarme y extraer mis propias conclusiones empíricamente.
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