Llegará el día,
despertarás por la mañana
con la sensación de haber dormido doscientos años,
tus labios resquebrajados
y tus manos débiles y temblorosas.
El misterio se esclarece
y la profecía caduca:
El Mesías ya no esperarás.
Santa luminaria que dilata tus pupilas,
alquimia corre por tus venas;
el dolor, el grito son en vano –
tu sombra es sordomuda.
Buscarás una sonrisa,
un hálito de esperanza
hasta en quien usa máscara
y con guantes te da un apretón de manos.
Lo positivo se volvió de repente negativo.
No es el olor de mi pelo mojado
porque ya no estaré a tu lado.
Despertarás.
miércoles, mayo 22, 2013
lunes, mayo 13, 2013
Sickobit
Ciertamente no he estado contando ovejas sin cesar
ni desparramado por cualquier y todo lugar.
Me dediqué a dejar de cambiar mis mañas
y darme el lujo de alejarme de tus artimañas.
Sabía que obedecer a nuestras hormonas
actuaría como anti-materia en mis neuronas
porque me harta la necesidad de recordar
o escucharte por media hora graznar.
Entonces no sé por qué te permití abalanzarte,
destrozar mi milimétrico masterplan y frustrarme.
Creo que sería mejor desangrarme a morir
que acordarme de los términos en que te amé y partí.
sábado, mayo 11, 2013
La seguridad de lo abstracto
Nos habíamos habituado a cierta cotidianidad espontánea, una simbiosis parasitaria y, muy a pesar de mis estándares estructurados, bastante cómoda. Despertar y no desesperar, existir y sentir la liviandad sin temer a la mediocridad, era la panacea que estaba buscando, como un ansiolítico milagroso, un cable al centro de la Tierra, a mi propio eje de gravedad.
Estábamos descubriéndonos el uno al otro, en un abrazo infinito e inconmensurable. Sus antebrazos eran la hiedra que crecía obstinada sobre los escombros que quedaban de mí, en una escena selvática vietnamita de posguerra. Y sus ojos, oh my God, sus ojos...que eran míos porque sólo me estaban mirando a mí.
Con suave delicadeza me despojaba de todo y me dejaba así, solo, desnudo, en su espacio, mientras me iba a comprar medialunas rellenas con "mucho dulce de leche" como diligentemente le pedía. Había elegido quedarme en Wonderland, tomando periódicamente la pastilla colorada de Morfeo para no despertar jamás. Me nutría de aspectos abstractos, sueños e ilusiones, del hombre que no sería perfecto ni me rescataría de mí mismo. Lo tenía todo e irónicamente no tenía nada pues no lo tenía a él.
El deseo de poseer no era más que una posibilidad remota que, entendía, no podría ser satisfecha. No obstante el balance era tal que me permitía mirar por el balcón y no fantasear con tirarme del cuarto piso. La estabilidad, en este caso, no era empañada por lo volátil de la situación, al contrario, la falta de prejuicio alguno contribuía a relajar y encender fósforos sin pensar de manera obsesiva en un escape de gas e inminente voladura.
El viento mecía la cuerda de la cual me aferraba: Tenía una dulce fijación a una realidad que, sabía, era demasiado desesperanzadora como para prestarle la suficiente atención.
Pronto me volví receloso ante el efecto placebo de sus besos. Una solución sintomática mas no efectiva. Un poco por vanidad, otro tanto por orgullo, me fui alejando, desprendiendo sus brazos de mí. Quería causarle una impresión muy grande. Mi ausencia se hizo perpetua y sus silencios terminaron por lapidarme. El orgullo, ese adversario imaginario que me noquea de tanto en tanto me provocó una herida interna irreversible.
Evidentemente quería proyectar y depositar en él la misma impresión que me había generado su presencia. El dejarlo hizo que dejase de escribir, repentinamente, sin darme cuenta.
Lo trágico no es que nos hayamos dejado sino no habernos dicho la verdad.
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