viernes, octubre 11, 2013

Café Balcarce

Observo y critico. No soporto a los absurdos simuladores posmodernos que estudian en la Universidad del Cine. Tampoco me caen simpáticos los pseudo comunistas ignorantes de Marx de la Facultad de Ingeniería que cruzan la calle inflando el pecho, como creyéndose superiores quizás por estudiar ciencias duras o por el simple hecho de llevar una remera estampada del Che Guevara. Reconozco que probablemente ellos se encuentren ya elucubrando alguna revolución mientras yo fumo una pipa con tabaco sabor a vainilla. Es que hasta en eso soy naif: Si existiese el tabaco sabor a Nesquik probablemente sería uno de mis blends predilectos.
Nada invade mi confortabilidad de viernes seis de la tarde, ni siquiera esas furtivas miradas que me recuerdan que el cigarrillo y la alimentación a base de carne no es cool.
El café comienza a cobrar vida a medida que los habitués toman sus respectivas mesas. Existe en aquella disposición aparentemente azarosa una organización digna de compararse con el balance armónico galáctico, producto de códigos barriales porteños. Mi mesa asignada es la número siete, tantos años de pagar derecho de piso me hicieron ganar un lugar junto a la ventana que da a la calle Balcarce; esa pata derecha más corta que la izquierda, aquel tatuaje que dejó sobre la madera de la mesa alguna copa de vino atrevida de algún personaje histórico, quizás hasta Perón, el mozo Elías...todo de mi propiedad, al menos los viernes de seis a ocho de la tarde. 
Me saluda Juan Ignacio que llega de la mano de Marilyn, antes conocida como Walter. En este pequeño gueto todos la reconocemos como tal. Que la sociedad la reconozca de igual manera ya es otro cantar pero por algo se empieza y todos estamos muy orgullosos de ella y de estas benditas tierras del plata. 
Luego caen Francisco y Teodoro, con una baraja de cartas y bastones en manos temblorosas. Fanáticos del chinchón, el ristretto y la Cicciolina, no pierden las mañas. Nunca me animé a preguntarles pero asumo que siempre estuvieron en la mesa cuatro, desde la fundación del Virreinato del Río de la Plata.
Los transeúntes corren, entran, salen, hablan por celular, están apurados. Y yo simplemente observo, siento y, básicamente, vivo, que es lo que uno hace cuando no está ocupado. 
Una remera de rayas rojas ondulándose por un andar descontracturado capta mi atención de repente. Ese metro noventa se paseaba por la calle adoquinada, ignorando completamente mi ser obnubilado por aquél hipnótico andar de pies chuecos y sus (pocos) cabellos cobrizos sobre la perfecta redondez de su cabeza. Este extraño sensual, con toda esa impunidad sensual característica de los extraños no correspondidos, osaba entrar a mi café, a mi hora. 
- Mariano, tengo esto para vos -, lo intercepta Carlos, el dueño, con un tomo antiquísimo de "La interpretación de los sueños" de Sigmund Freud apenas cruza el umbral de entrada.
Toma una mesa e inmediatamente le traen un capuccino italiano. Este extraño no sería tan extraño después de todo, compartía mi mismo hábitat natural de olor a obrero, mi zona de intimidad.
Se coloca los lentes y comienza a leer, mientras mi mente se debate entre ejecutar planes de seducción cuasi perfectos, salir corriendo sin más o morir de un infarto, protagonizando un final dramático para este cuento queer del grotesco criollo. Opto por la segunda opción, pago mi cuenta y me retiro sin más.
La realización de que a mi mesa le sobra un asiento o le falta un partenaire me paraliza. "Quizás regrese el próximo viernes", me consuela un pensamiento sedativo. Probablemente regrese, probablemente no le hable y probablemente no me mire. Pero así es perfecto: no hay nada como el sabor a café quemado, el olor a tabaco negro y el suicida vacío espiritual provocado por un helénico amante invisible los viernes por la tarde.

miércoles, mayo 22, 2013

Veintisiete de abril

Llegará el día,
despertarás por la mañana
con la sensación de haber dormido doscientos años,
tus labios resquebrajados
y tus manos débiles y temblorosas.
El misterio se esclarece
y la profecía caduca:
El Mesías ya no esperarás.
Santa luminaria que dilata tus pupilas,
alquimia corre por tus venas;
el dolor, el grito son en vano –
tu sombra es sordomuda.
Buscarás una sonrisa,
un hálito de esperanza
hasta en quien usa máscara
y con guantes te da un apretón de manos.
Lo positivo se volvió de repente negativo.
No es el olor de mi pelo mojado
porque ya no estaré a tu lado.
Despertarás.

lunes, mayo 13, 2013

Sickobit

Ciertamente no he estado contando ovejas sin cesar
ni desparramado por cualquier y todo lugar.
Me dediqué a dejar de cambiar mis mañas
y darme el lujo de alejarme de tus artimañas.

Sabía que obedecer a nuestras hormonas 
actuaría como anti-materia en mis neuronas
porque me harta la necesidad de recordar
o escucharte por media hora graznar.

Entonces no sé por qué te permití abalanzarte,
destrozar mi milimétrico masterplan y frustrarme.
Creo que sería mejor desangrarme a morir
que acordarme de los términos en que te amé y partí.

sábado, mayo 11, 2013

La seguridad de lo abstracto

Nos habíamos habituado a cierta cotidianidad espontánea, una simbiosis parasitaria y, muy a pesar de mis estándares estructurados, bastante cómoda. Despertar y no desesperar, existir y sentir la liviandad sin temer a la mediocridad, era la panacea que estaba buscando, como un ansiolítico milagroso, un cable al centro de la Tierra, a mi propio eje de gravedad. 
Estábamos descubriéndonos el uno al otro, en un abrazo infinito e inconmensurable. Sus antebrazos eran la hiedra que crecía obstinada sobre los escombros que quedaban de mí, en una escena selvática vietnamita de posguerra. Y sus ojos, oh my God, sus ojos...que eran míos porque sólo me estaban mirando a mí. 
Con suave delicadeza me despojaba de todo y me dejaba así, solo, desnudo, en su espacio, mientras me iba a comprar medialunas rellenas con "mucho dulce de leche" como diligentemente le pedía. Había elegido quedarme en Wonderland, tomando periódicamente la pastilla colorada de Morfeo para no despertar jamás. Me nutría de aspectos abstractos, sueños e ilusiones, del hombre que no sería perfecto ni me rescataría de mí mismo. Lo tenía todo e irónicamente no tenía nada pues no lo tenía a él.
El deseo de poseer no era más que una posibilidad remota que, entendía, no podría ser satisfecha. No obstante el balance era tal que me permitía mirar por el balcón y no fantasear con tirarme del cuarto piso. La estabilidad, en este caso, no era empañada por lo volátil de la situación, al contrario, la falta de prejuicio alguno contribuía a relajar y encender fósforos sin pensar de manera obsesiva en un escape de gas e inminente voladura. 
El viento mecía la cuerda de la cual me aferraba: Tenía una dulce fijación a una realidad que, sabía, era demasiado desesperanzadora como para prestarle la suficiente atención.
Pronto me volví receloso ante el efecto placebo de sus besos. Una solución sintomática mas no efectiva. Un poco por vanidad, otro tanto por orgullo, me fui alejando, desprendiendo sus brazos de mí. Quería causarle una impresión muy grande. Mi ausencia se hizo perpetua y sus silencios terminaron por lapidarme. El orgullo, ese adversario imaginario que me noquea de tanto en tanto me provocó una herida interna irreversible. 
Evidentemente quería proyectar y depositar en él la misma impresión que me había generado su presencia. El dejarlo hizo que dejase de escribir, repentinamente, sin darme cuenta.
Lo trágico no es que nos hayamos dejado sino no habernos dicho la verdad.