Estábamos descubriéndonos el uno al otro, en un abrazo infinito e inconmensurable. Sus antebrazos eran la hiedra que crecía obstinada sobre los escombros que quedaban de mí, en una escena selvática vietnamita de posguerra. Y sus ojos, oh my God, sus ojos...que eran míos porque sólo me estaban mirando a mí.
Con suave delicadeza me despojaba de todo y me dejaba así, solo, desnudo, en su espacio, mientras me iba a comprar medialunas rellenas con "mucho dulce de leche" como diligentemente le pedía. Había elegido quedarme en Wonderland, tomando periódicamente la pastilla colorada de Morfeo para no despertar jamás. Me nutría de aspectos abstractos, sueños e ilusiones, del hombre que no sería perfecto ni me rescataría de mí mismo. Lo tenía todo e irónicamente no tenía nada pues no lo tenía a él.
El deseo de poseer no era más que una posibilidad remota que, entendía, no podría ser satisfecha. No obstante el balance era tal que me permitía mirar por el balcón y no fantasear con tirarme del cuarto piso. La estabilidad, en este caso, no era empañada por lo volátil de la situación, al contrario, la falta de prejuicio alguno contribuía a relajar y encender fósforos sin pensar de manera obsesiva en un escape de gas e inminente voladura.
El viento mecía la cuerda de la cual me aferraba: Tenía una dulce fijación a una realidad que, sabía, era demasiado desesperanzadora como para prestarle la suficiente atención.
Pronto me volví receloso ante el efecto placebo de sus besos. Una solución sintomática mas no efectiva. Un poco por vanidad, otro tanto por orgullo, me fui alejando, desprendiendo sus brazos de mí. Quería causarle una impresión muy grande. Mi ausencia se hizo perpetua y sus silencios terminaron por lapidarme. El orgullo, ese adversario imaginario que me noquea de tanto en tanto me provocó una herida interna irreversible.
Evidentemente quería proyectar y depositar en él la misma impresión que me había generado su presencia. El dejarlo hizo que dejase de escribir, repentinamente, sin darme cuenta.
Lo trágico no es que nos hayamos dejado sino no habernos dicho la verdad.
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