domingo, julio 29, 2012

E tu

Desengaños.
Pasadizos de oscuridad,
preparaste la puerta trampa,
confié y me voy a caer,
me voy a caer.

Elevaciones.
Un tiro que salió muy mal.
Tus contradicciones
no son necesarias conmigo,
olvidate del orgullo.

Desilusiones.
Espío tus secretos,
ahondo en tu mugre;
no me sorprende en absoluto
ser un piojo más.

Definiciones.
Todo te importa nada
y yo pretendo importarte mucho
y ser un todo completo.
Tengo miedo, me vas a romper.

Sueño de una noche de verano

Una brisa veraniega se colaba por el mosquitero. El zumbido del aire atravesando la cuadrícula metálica se mezclaba con los gemidos exagerados de la intrusa que el vecino músico del séptimo be había metido en su hogar esa noche. La paz reinaba fuera en esa madrugada de enero en Buenos Aires, cuando las luces se extinguen, los departamentos se vacían, los pequeños mercados chinos cuelgan sus carteles de "selado por bacasiones" (sic) y la armonía solo se ve perturbada por algún auto cruzando la Avenida Independencia desaforadamente, con una prisa innecesaria, como si fuera partícipe de una persecución imaginaria contra los rascacielos del bajo; la meta parecería ser escapar de la cárcel de adobe hacia las playas del atlántico. La Luna furiosa bañaba de plateado los edificios del microcentro porteño cuyas siluetas recortaban el horizonte. Solo el aleteo de los murciélagos metiéndose por el taparrollos de la ventana de tanto en tanto distraía mi mirada cristalizada y perdida en ese serrucho de luz y sombras. Acechándome, sentía su mirada ardiendo sobre mi nuca. El tampoco podía dormir.
De repente, un dedo temeroso comenzó a contornear el tatuaje de mi homóplato. "¿Estás despierto?", preguntó en la oscuridad con cierto remordimiento. No contesté. "¿Estás despierto?", insistió, "te amo".
Su dedo se movió de mi hombro a mi media espalda y ejerció una malévola presión sobre el hematoma que me había producido horas atrás su golpe seco con la sartén de teflón. La yema de su dedo acusador sobre la sangre coagulada me provocaba un dolor insoportable pero me limité a emitir un gemido y retorcerme levemente.
Resopló sobre mi nuca y se dió vuelta bruscamente en la cama. Al poco tiempo se quedó dormido.
Sus ronquidos rompían insoportablemente la armónica de la sinfonía de la noche. Ya no tenía que simular estar dormido así que me permití sollozar un rato. Me incorporé y por primera vez en mucho tiempo retomé mis hábitos y me puse a meditar y a rezar: pedí poder dormir por siempre. Eso no pasó pero al menos el sueño me arrebató de todo sentido por un par de horas y al despertar ya no estaba a mi lado, se había ido vaya uno a saber dónde. Tomé mis cosas y escapé en un taxi de mi propia cárcel de adobe.

martes, julio 24, 2012

Stunts

Quiero ser doble de riesgo: enamorarme de vos y romperme la cabeza.

domingo, julio 22, 2012

sábado, julio 21, 2012

Me voy a dormir

lamentando todas las horas, minutos y segundos que desperdicié hoy sin darte un beso.

Hoy estoy

Hoy estoy, mañana quizás no.


Tratá de positivizar tus pensamientos,

abrazame lo más fuerte que puedas, 

acompañame en la soledad, en los silencios. 

Arrebatame sonrisas y regalame carcajadas. 

Capitalizá cada instante conmigo

porque mañana, sin previo aviso, huiré.


Vayámonos a Dubai, al Caribe, 

a Sudáfrica, a Australia. 

Hablame en italiano al alba

y arropame con un beso francés por la madrugada. 

Escapemos de esta ciudad ininteligible,

inventemos nuestra propia sintaxis. 


Construíme un hogar, 

necesito un lugar de pertenencia,

en tu mente y, de ser posible, en tu corazón

para olvidar el pasado,

cicatrizar la herida abierta,

para que seques mis lágrimas y no sentir más frío.


Salgamos de viaje con lo justo;

el amor (por uno mismo) todo lo puede

y ese sentimiento, compartido, te transporta

donde solo el nosotros existe

y las haches irresueltas,

testigos de nuestro sincericidio. 


Llevame al río.

Cargame en tu espalda cansada,

mis pies escurridizos te lo agradecerán. 

Llevame hoy, hoy y no mañana.

Mañana una sombra serás.

Mañana mi recuerdo se desvanecerá. 


Toma mi mano y echémonos a volar.

martes, julio 17, 2012

Zonas de paz

En el verano yo le solicitaba, "salgamos al balcón". El, diligentenente, tomaba dos sillas desvencijadas de la cocina y las emplazaba en el borde del abismo, casi metafóricamente, mientras yo calentaba el agua para el mate. Usábamos el motor del aire acondicionado como una suerte de mesita.
Buenos Aires es una de las pocas ciudades en el mundo que conozco que pueden cambiar el color de su aire en verano. Londres y Chicago se vuelven aturquezadas, Roma resplandece dorada. Pero Buenos Aires es rosa pálido.
Aquellas tardes, la Avenida Independencia parecía ponerse de nuestro lado, frenética y desordenada, de repente toda la invadía la positividad y el sentido común y se forzaba por parecerse a un río, de cause constante y homogéneo.
No había bocinas sino chicharras que acompañaban nuestros silencioas con ése chirrido tan placentero que se vuelve irritante cambiar de sintonía.
Yo era feliz. Escapábamos a zonas de paz. El balcón y el dormitorio eran sus ambientes de redención, donde reinaba un pacto implícito de no agresión. El dormitorio es un tema aparte: las paredes blancas mostraban alguna imperfección o huella dactilar producto de algún desesperado intento mutuo de hacer el amor en tiempos de cólera. El balcón tenía la particularidad de hacerlo enmudecer. Podía quedarse horas observando el edificio en construcción de la acera opuesta mientras yo enmarañaba su pelo. 
Pero hubo un día que no calló. Quería irse a vivir a Sudáfrica. La Buenos Aires rosa agitó al destino, produciendo una grieta en el centro de nuestros rostros, condenándonos al desmoronamiento inevitable. Ese zurco se hizo cada vez más profundo en nosotros pero no lo pudimos ver a tiempo porque no estábamos en la cocina ni en el comedor, estábamos en el balcón. 
Escapábamos de todo: de los mensajes de texto, de las tecnologías de (des)información, de la violencia, del desamor, en fin, de todos los "des", hasta de nosotros mismos. Lástima que para llegar a Palestina haya que cruzar la Franja de Gaza; para llegar a nuestro oasis había que atravesar el living, esos asfixiantes cuarenta y tres metros. A lo que tal vez no podíamos escapar era a nuestra realidad resquebrajada. 
Toda mi existencia se reducía a esperar por un milagro o un revolver. 

* * *

Pasé por un edificio muy parecido al suyo, un balcón muy parecido al nuestro. Pero no era Buenos Aires, era Tokio (sin color de verano). Tampoco estaban los cacharros acumulados encima del aire acondicionado ni mi sangre se escurría por el desagüe. Quise lacerarme, quise ver cómo me había limpiado de allí: al regresar a la ciudad porteña tomé el 59.
Pero no culminé el trayecto hasta San Telmo. Había algo de esa esquina que me rebelaba. No, no era "la" esquina, no era "su" departamento, ni era "nuestro" balcón. No era M tampoco. Era otra ausencia, que se hacía tan presente. No estabas en tu casa.

lunes, julio 16, 2012

Simple request

O dormís conmigo hasta el 21 de Diciembre

o me regalás una bolsa de agua caliente.

¿Entendido?

domingo, julio 15, 2012

Convicciones

Escribí mil ochocientas treinta y seis razones para no enamorarme de vos en una hoja que pegué a la pared frente a mi escritorio junto con una foto que te robé. 

Contemplé mi obra por unos minutos. 

La angustia se apoderó de mí: Mandé las razones a volar y las reemplacé por una hoja en blanco. 

La esperanza es irracional, pero las neuronas no nos mantienen con vida; las convicciones, en cambio, sí.

martes, julio 10, 2012

Sticky

I woke up half-wrapped in the bedsheets. I can't stop thinking about his hands, boy his hands. The way his hair felt. And how his armpits smelled after regular intercourse or even a bit of petting. What right did this jerk have to smell like sex itself? It is so unfair.

Sexcapist

Alguna vez salí con cierta persona sensible, comprometida socialmente, entusiasta de la filosofía, la museografía y, ciertamente, impotente (un nivel alto de abstracción raramente se conjuga con una vida sexual plena) quien me percató de la existencia de los "no lugares", según la teoría homónima, clasificación que le cabría a cualquier medio de transporte, aeropuerto o tienda departamental. Aparentemente allí no se observarían mayores desarrollos sociales, humanos o emocionales y, por tanto, no serían de relevancia al crecimiento espiritual. Encuentro esta teoría bastante divertida, a decir verdad. Discutí largo rato (no puedo con mi vanidad) con Museógrafo y objeté: los "no lugares" son, por excelencia y preferencia personal, donde mayormente realizo y exploto al máximo el potencial emocional que yace dentro de mí. Son buenas vías de escape que utilizo cada vez que quiero ponerme introspectivo. Aunque creo que en parte, y dándole un poco de razón a Museógrafo, estos momentos de reflexión son posibles gracias al totalmente esquivo y nulo contacto social presente en dichos lugares.

Hubo cierto experimento inhumano alguna vez que logró demostrar que aislar a un individuo completamente por cuatros días era suficiente para que éste se arrojara al vacío; simplemente no podemos vivir encerrados en nuestros propios laberintos mentales, es bastante fácil enloquecer. Ahí es cuando ajustamos el amortiguador sentimental y tratamos de no pensar demasiado.

El peligro está en que los medios de transporte en particular me hacen pensar más de lo debido. Entonces estoy en un avión, con un vector infeccioso en la butaca trasera que no para de patear mi asiento. En estas claustrofóbicas veinte horas de vuelo trasatlántico, mi abanico de sentimientos hacia Primera Cita son:
  • empatía
  • melancolía
  • esperanza
Luego algún hálito de razón se apodera de mí y vuelvo a los sentimientos que normalmente me inspira:
  • desconfianza
  • apatía
  • celos
Carajo, desería sólo sentir indiferencia.
En algún punto de la conversación conmigo mismo me encuentro justificándolo y, como de costumbre, culpándome por el extrañísimo desarrollo que ha tenido nuestra relación hasta el momento. Siempre hecho a perder las buenas oportunidades. O quizás vivo idealizando todo aun en circunstancias no tan alentadoras y eso despierte inconscientemente en mí un primitivo instinto de preservación emocional que hace que aleje las aparentes pero en verdad no tan buenas expectativas.
Cuando me doy cuenta estoy llorando con la escena de la cirujía de espina de la película 50/50. 
Vector Infeccioso comienza a hacer ruidos molestos con su lengua. Uhm, alguien tiene algunas habilidades interesantes. Corto de una vez el hilo de pensamiento filosófico que llevo horas hilvanando y me enfoco a pensar en el rimming, trustworthy, old school anilingus. Demasiado auto descubrimiento por hoy. Me regulo: "relax, estás pensando demasiado" y apago mi cerebro con sexo (¿te suena?).

viernes, julio 06, 2012

Café nipón

Un café en Tokio
ayuda a descontracturar;
me hacen falta
unos cuántos miles más. 

Millas hacia vos,
kilómetros al corazón. 
Quien los vuela, yo. 
El trayecto resulta atroz. 

Dame una señal
de que mejorará al final. 
¡Mentira, piedad!
Algo que me ayude a esperar. 

Tokio es tan raro, 
me gusta lo complicado:
Eso que tenés
que a mí me suena a japonés. 

Un pacto

Nos encontramos de noche,
dos extraños se buscaban,
a las once campanadas
los alientos se mezclaban. 

Jugando a conocernos
un grito cruzó mi espina. 
Le susurré un secreto
mientras en sus brazos me hundía. 

Como un pacto implícito
atravesamos la madrugada, 
apaleamos esa soledad
por su parte tan anhelada. 

Otras tierras me esperan. 
Tu recuerdo me acechará. 
Solo espero al regresar
tus brazos me vuelvan a hallar. 

Pero eso no fue parte del pacto.