Escribí mil ochocientas treinta y seis razones para no enamorarme de vos en una hoja que pegué a la pared frente a mi escritorio junto con una foto que te robé.
Contemplé mi obra por unos minutos.
La angustia se apoderó de mí: Mandé las razones a volar y las reemplacé por una hoja en blanco.
La esperanza es irracional, pero las neuronas no nos mantienen con vida; las convicciones, en cambio, sí.
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