La rama paterna de mi árbol genealógico está plagada de desgracias y felicidades por igual. Un cambalache, todo muy "Esperando la Carroza": mucho tío muerto, mucho velorio y gente que espera a ir a uno para reencontrarse con la familia y usar vestidos de seda. Estoy tocando de oído en este punto, la realidad es que nunca tuve mucho contacto con ellos y como a velorios tampoco voy, me guío por mi único contacto con esa rama perdida de mi familia que es mi Abuela A.
Las mujeres casadas con hombres con mi apellido tienen la maldición (o bendición) de enviudar jóvenes. Nunca ninguno llegó a las bodas de plata ni oro; con suerte llegan a las de madera y estiran la pata. La excepción que confirma la regla es mi viejo que ya va por los veintidós años de casados con mi vieja y su esperanza de vida no parece amenazada al menos en el corto plazo. Y espero que la maldición se corte ahí también.
Grata sorpresa tuvo mi familia cuando se enteró de que el tío Tomasito (en diminutivo, por favor) cumplía cincuenta años de casados con su esposa. La familia se movilizó desde distintos puntos del país hasta el pueblo del susodicho para organizarle una fiestita sorpresa, modesta pero bien cambalachesca. Doña Tomasito se encargó de la logística y ahorró algunos meses de jubilación y pidió algún que otro préstamo para alquilar el club de barrio donde se llevaría a cabo el evento; a su vez recibió mil y un llamadas: "¡Sos la primera que pasa los treinta años!", clamó Abuela A, con alegría y cierta envidia de viuda.
Pero no pudo ser. Tomasito fallece dos días antes del gran día, justo cuando las señoras ultimaban los vuelos de sus vestidos de seda y pelaban las papas. Doña Tomasito, entre la tristeza y el asombro, se comunicó rápidamente con todos los invitados para hacerles saber que el motivo del reencuentro había sufrido un cambio de último momento y ahora sería velorio. Las mujeres siguieron ultimando sus vuelos, sí, pero ahora de color negro.
Y en este clima se reunió toda mi familia desperdigada por el país. Abuela A le hizo llegar sus condolencias a Doña Tomasito a su manera: "¡Qué mala leche!", abrazándola en el velorio/aniversario. Doña Tomasito conoce de mala leche, definitivamente. Así definiría el sentido del humor retorcido que tiene su Dios irónico.
jueves, mayo 26, 2011
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1 comentario:
Huy q pena lo de tu tio, pero por la ironía de tus palabras, apuesto a que no te afectó tanto.
Me gusta la forma en la que escribes, y está mini historia está genial, espero también se rompa la maldición con tu padre jajaja
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