Estábamos sentados en las escalinatas del monumento central de Plaza San Martín, de frente al Círculo Militar de Buenos Aires. Era un jueves de diciembre de esos en los que sobran las palabras y la vida se simplifica a olfatear la atmósfera post evacuación oficinista del centro de la ciudad y sentir la brisa de verano correr entre las falanges semi abiertas. Mi mirada se centraba en un bar de estilo parisino al otro lado de la calle; me sentía feliz de poder imaginarme sentado allí en las mesas del patio exterior, disociar, abstraerme del infierno que supone el detalle y sentir que, desde fuera, todo puede verse como una secuencia de Amélie. Y quizás solo estamos a un mecanismo psicótico de distancia de vivir en una secuencia permanente de película romántica francesa: toda la gente es feliz desde fuera, cómo que el césped siempre es más verde del otro lado de la verja. Así, suspiré, me entregué a la auto-complacencia, en parte inducida por el clima de festividad e inminente culminación de un nuevo ciclo temporal tal y como lo concebimos por este lado del planeta.
A una distancia considerable de mí, M2 permanecía en silencio. Unos minutos antes, un gélido café había sido la mejor excusa que había podido encontrar para verlo nuevamente. Había cometido el primer error de todo abandonado: fantasear con que vuelva a aceptarme.
L, que es sencillamente la mejor persona para dar consejos pero pésima para aplicarlos en su vida personal, me advirtió sobre mis movimientos en falso. "Solo estás ayudando a que procese el duelo; cuando te supere, te deja en la calle". Pero el poder de la fantasía (o masoquismo) es más fuerte que las sabias palabras de mi buena amiga.
No entendía su indiferencia, algo en mí se incineraba por saber y sin embargo ya poco me importaba entenderlo porque de nada me serviría, nada de lo que yo pudiera decir o hacer lo haría cambiar su posición, excepto iniciativa propia por correrse de su zona de auto-convencimiento y orgullo y finalmente escucharme con el alma.
La última vez que nos habíamos visto, habíamos acordado que aún nos amábamos, habíamos hecho el amor como nunca y hasta me dejó pasar la noche en su departamento. Estaba convencido de que los sentimientos no podían cambiar de una semana a la otra. Pero el amor no es un contrato renovable y yo tampoco vengo precisamente con garantía de satisfacción en el asunto. Solo ofrezco disfrutar de la complejidad de la simpleza que implica dejarse amar incondicionalmente hasta las últimas consecuencias, y agotar todos los recursos posibles para atesorar la mayor cantidad de momentos felices o, al menos, normales para construir la felicidad día a día. Insuficiente para el laberinto de las pasiones y montaña rusa emocional en la que vive M2; imposible de suplir por mí, que en el fondo solo quiero la vida simple en mi casa de El Calafate con tres hijos rubios que hablen italiano. M2 necesita más, merece más de lo que pueda ofrecer, por eso decido dar un paso al costado ese fatídico jueves (una de las pocas decisiones a consciencia que tomé durante este impasse): M2 necesita entender qué es lo que quiere y ser feliz consigo mismo o nunca va a poder ser feliz con nadie.
El silencio de radio me aniquila, lo admito, pero entiendo que es lo mejor para mí. Como cuando a mis diecisiete pude desprenderme de D como así de todo lo que me hacía mal y finalmente meterme a un rehab serio, hoy no me encuentro en una situación de lucidez mental tal (¡ja!), pero sí siento y percibo "mejor", y puedo sentir el rechazo del no correspondido. Ya no necesito cortarme las venas para sentir el dolor, solo basta con tocar el timbre en la Avenida Independencia.
De repente y casi sin esperarlo, comenzó a caer una lluvia de verano con fuerza, marcando el final de aquella tarde en soledad acompañada. Durante los quince minutos que siguieron nuestro viaje en Subte juntos, no nos dirigimos la palabra, sólo preguntó si me pasaba algo; "sí, básicamente te amo pero no querés estar conmigo, por lo que en este momento solicito enfáticamente: lobotomícenme y enconmiéndenme a la India, en un cargamento de cianuro vía Somalía, gracias". Pero no digo nada, me contengo hasta mi combinación, lo saludo fríamente, desciendo y allí puedo llorar todo el viaje de regreso a mi casa, donde los transeúntes me observan y se solidarizan con mi dolor, me dejan en paz: ¿quién no ha tenido el espíritu quebrantado en Buenos Aires?
Partió a su pueblo natal, con todas las haches atadas al cuello, abnegadas por su orgullo. Y esa fue la última vez que lo vi ese año.
martes, diciembre 27, 2011
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